jueves, 28 de febrero de 2013

A su mare…llegué a los 50



Cumplir 50 años para una agitada vida no es poco y contarlo, es un tanto complicado, pero este siempre rebelde reportero quiso hacerlo en una crónica que desnuda literalmente su vida y sus pasiones.


Luis Vásquez Vásquez

Siempre tuve miedo de llegar a los 50 años y de ser abuelo, pero el tiempo es inevitable y la vida una joda, así es que aquí estamos con unas canas bien puestas y algunos dolores propios de la edad, pero convencido ( y jamás arrepentido) de haber realizado hermosas locuras, algunas absurdas y haber tenido la suerte de abrazar una profesión que me ha permitido conocer cada pedazo del territorio de mi país, gran parte de latino América y algunas ciudades de los Estados Unidos, conversar con miles de personas, entre famosas y desconocidas y sobre todo, tener tantos amigos, que en las dificultades de mi vida han estado conmigo.


Fui un niño feliz, con una madre extraordinaria, que hasta hoy me engríe como si tuviera 12 años, con una abuela materna que me enseñó a mirar y sentir de otra manera la vida, con unas tías divinas, la primera mi maestra de jardín, Encarnita Loja Vásquez, que me ha cantado las canciones más lindas del mundo, y la segunda, mi tía Eustaquia Vásquez, profesora de primaria, que me ha orientado acerca de los modales de conducta, en una ciudad  conservadora y tan especial como Moyobamba, la ciudad mágica y misteriosa que albergó mis primeros sueños, mis primeras alegrías y también mis tristezas.



Mi vida ha estado siempre rodeada de mujeres: la Mally, que fue mi nana y cuyas manos me cuidaron hasta el extremo y después las muchachas que trabajaron con mi madre para que nos cuidaran junto a mis hermanos: la Florita, una chiquita con quién hasta ahora nos abrazamos, Matilde que parece que se murió, la Teíto, que fue tan tierna y una pena que no la hayamos vuelto a ver, Julita Arirama Yurirama de Lagunas, que tenía una fuerza descomunal, Juanita Villacorta que nos hacía reír siempre, Telma, Nely y Judith, que nos dejó un muchacho que mis padres criaron, que se llama Jorge Luis, porque era el nombre de un galán de la telenovela “Trampa para un soñador” que toda la ciudad seguía por las noches.

Mis primeros años al lado de mi abuela fueron los más hermosos, porque con ella aprendí a querer a la gente, a ser solidario, a mirar el trabajo con dignidad y en sus brazos he surcado el río Mayo para ir a la chacra a verla trabajar al lado de una mujer indomable que se llama Angelca Isuiza, que sigue viviendo en medio del bosque de Tingana. He caminado por tantos pueblitos que viven en mi memoria, junto a la tía Anita Díaz, a donde íbamos a comprar chanchos y las he visto en el trabajo de la matancería y en los negocios que mi abuela, negra y gitana, realizaba con tanta facilidad.


Por ella, por mi abuela, sé lo que piensan las personas ante una sola mirada, reconozco de inmediato a quienes no tienen buenas intenciones y siento anticipadamente, hasta el día de hoy, los sucesos que puedan ocurrir a mi alrededor, que a veces me asustan, pero que he aprendido a convivir con ellas.

Mi padre tiene los ojos acaramelados que siempre fueron los que me cuidaron en mi infancia. Su mirada era ley y bajo esa fuerza de sus ojos, crecimos con mucha disciplina y al- gún temor, propio de la crianza de esos años. Pero fue el fútbol  lo que nos unió tanto, porque aquellas tardes peloteras de la mano de papá, jamás los cambiaría por nada. Y con él me fui de viaje por todas las ciudades de la selva: Lamas, donde nos recibía mi tío Raúl, Tarapoto donde nos abrazaba el tío Lucho Ramírez, Juanjui, Saposoa, donde mi padre tenía tantos amigos.

En el primer barrio donde viví, nos hicimos hinchas del equipo crema, Atlético Belén, cuyos campeonatos felices vivimos con emoción bajo la figura del capitán Wagner Villacorta López. Después nos mudamos a Zaragoza, donde fueron inolvidables los juegos  de vaqueros, de Tarzán de los monos, en aquellos barrancos de nuestra infancia, imitando a los pistoleros del oeste y a Johnny Weismüller, después de disfrutarlos en el viejo cine del austriaco Ladislao Brachowicz, en cuyas butacas y en el oscurito, aprendimos a dar y recibir los primeros besos de nuestra infancia.


En la Escuela de Aplicación, donde el maestro Ernesto Velarde Iglesias nos enseñó a formar nuestras primeras letras, compartimos nuestros sueños con los primeros amigos: Ludwing Miranda y Miguel Sifuentes, con quienes tuve que lidiar duro y parejo para quitarnos los primeros puestos año a año, Pedrito  Borbor e Idelso Villacorta, con quienes hemos formado una delantera inolvidable, llena de goles y campeonatos bajo la dirección técnica del profesor Severo Silva. Con mi primo Adolfo Alván y de otra escuela apareció Rubén Padilla, con quienes empezamos a mirar con malicia a las muchachas más bonitas de las escuelas de mujeres.

Mi amigo Beto Ríos merece una mención especial, porque con él nos hicimos patas del alma, como hasta hoy, en el jardín de la infancia cuando teníamos apenas 5 años y es una amistad que perdura y que ha caminado fortalecida por el amor que teníamos juntos, por el fútbol, los libros, la música y las mujeres de pies bonitos y que a la luz del tiempo, han sido reforzadas por cientos de noches de bohemia espectaculares en medio de cervezas azules, aromas de ron  rojo en una tasca de Sábana Grande en Caracas o en Bodeguita de en medio, frente a Miramar de La Habana vieja y poesía pura en madrugadas de ensueño, algunas veces junto a nuestro buen amigo Pablito Arévalo, cantando canciones de Pablo Milánes y recitando a Juan Gonzalo Rose, y quién nunca quería terminar la jarana sino completábamos las 200 botellas de la amistad.
Después de aquellos años maravillosos vinieron algunos en el centenario colegio “Serafín Filomeno” y yo me tuve que ir a estudiar la secundaria en un colegio militar de Lima por disposición de mi padre. Vino la Universidad y los primeros  conflictos con papá, que soñaba junto a mamá, que su pequeño de cabello ensortijado, estudiara para ser médico y no poeta, o en todo caso, abogado y no periodista. Ni menos hippie, ni conflictivo militante comunista.

Era imposible pensar que aquel niño de rulitos que se iba a misa de domingo de la mano de la tía Eustaquia, para escuchar la homilía de Monseñor Martín Fulgencio Elorza Legaristi, de corbatita “michi” y bañado en perfume coquito, se podría convertir en una melenudo y rebelde joven, con barba crecida y vestimenta indecente, rocanrolero, con ideas raras por los pobres, por la justicia, y que encima, quería ser poeta y desgraciar a la familia.

En fin, estudié periodismo y la palabra se convirtió en mi religión, en el arma con el que gritaba injusticias y soñaba con una patria socialista. Y recorrí el país y sus paisajes, caminé por punas cantando y recitando poemas de Vallejo y canciones de Arguedas. Fui militante del Partido Unificado Mariateguista y leía con devoción a Mariátegui, participé en convenciones y congresos de las federaciones campesinas y conocí a Hipólito Peves, el dirigente obrero que compartió sueños con José Carlos Mariátegui, a Angela Ramos, la primera mujer periodista del Perú, con quién entablé una hermosa amistad, a Saturnino Corimayhua, dirigente puneño, a Esteban Puma y Concepción Quispe, dirigentes cusqueños en Anta y también al mítico dirigente Hugo Blanco y claro está a Javier Diez Canseco y Ricardo Letts Colmenares.

Entrañables poetas y escritores me dejaron sentarme alrededor de sus mesas en el Palermo y el Cordano y muchas madrugadas en el “Chino Chino” de la esquina del parque universitario de Lima: Chacho Martínez me explicó sus cinco razones puras para comprometerse con una huelga, Antonio Gálvez Ronceros me hablaba en negro para contarme sus historias para reunir a los hombres y Juan Cristóbal me hacía entender porqué las cervezas eran siempre azules. El zambo Gregorio Martínez nos contaba acerca de la gloria del piturrín y otros embrujos de amor, mientras el gran pintor Pancho Izquierdo, dibujaba a  punta de lápiz de carbón a una niña que vendía cigarrillos.

Si alguien me ha enseñado tanto joder a través del periodismo fue sin lugar a dudas el gringo Guillermo Thorndike en La República, el Chema Salcedo a puntualizar la frase y el negro Héctor Perona, especialista en policiales, a contar la historia en tu cabeza, sin nada de grabadoras.

Por el  periodismo conocí personas entrañables, artistas, escritores, cantantes, vedetes, políticos de todas las ideas, hombres ricos y pobres, la riqueza y la miseria, delincuentes, prostitutas, deportistas, mujeres encantadoras. Entrevisté a la actriz Martha Figueroa en su esplendor, a Gisella Valcárcel en sus inicios, a Efraín Aguilar, a Guillermo Rossini, a Melcochita y al chato Barraza y también a Susana Baca, a Aurora Colina, a Delfina Paredes, a Cecilia Barraza y Eva Ayllón. A don Fernando Belaúnde, a Alfonso Barrantes, a Valentín Paniagua y Genaro Ledesma, a Hugo Blanco y a don Jorge del Prado. A Humareda y Oscar Allaín. A Blanca Varela y Carmen Ollé y con Domingo de Ramos me metí una tranca de dos días.
Por el periodismo conocí gran parte de latino América y a través de la Asociación Nacional de Periodistas realicé viajes para participar en congresos y seminarios en Caracas donde están las más bellas carajitas, llegué a Montevideo, la tierra del poeta Mario Benedetti, para soñar con su poesía y después a Buenos Aires, en buque bus, por el río de La Plata, donde no solo encontré librerías extraordinarias, sino estuve en el mismo estadio de Independiente en Avellaneda, donde Ricardo Bochini, el bocha, hizo las mejores diabluras con una pelota. Años después estuve en la casa de Pablo Neruda en Isla Negra, en las calles de La Habana y en la plaza de la revolución, donde fui tantas veces feliz, en Bogotá, en ciudad de Panamá, en Santa Marta, en Nueva York y Washington, pero en ningún lugar como en la selva, en donde el sol se junta con la luna, en donde el viento te abraza al atardecer y una lluvia tierna y misteriosa moja tu rostro y tu memoria.

De mujeres y de amores solo diré que vinieron y se fueron y algunas se quedaron para siempre y ella, la de los pies bonitos, se impregnó aquí en mi corazón para latir toda la vida. Mis tres hijos se irán, Christian con su ternura, Pedro con su sensatez y Gonzalo con su locura. Paloma en mi alma a cada instante.
Estos 50 febreros me encuentran con una úlcera juvenil ya superada, una pancreatitis, cálculos renales y un infarto. Encima hay dolores musculares, huesos complicados, caída de cabello, insomnios, problemas estomacales, cansancios y a veces falta de energía para todo, incluyendo lo que estás pensando. Los pastilleros están llenos de vitaminas, ranitidinas, digestivos, desinflamantes y somníferos.

Mis tristezas viven conmigo: cuando se fue mi abuela, cuando perdí a mi hija y cuando por esas cosas del destino, mi hermano, el más bueno del mundo sin exagerar, con quién he jugado a cachacos y ladrones, se marchó de este mundo tan de prisa.



 
A pesar de todo, estoy aquí para volver a empezar, con la experiencia de tantos años, hoy  y para siempre militante del amor, donde la palabra sigue siendo mi mejor arma, la poesía y las novelas, y los cuentos, y el cine, y la pintura, y el teatro, y la danza, me siguen aliviando los achaques y considero todavía que puedo compartir con mis amigos y amigas y con quienes más quiero en esta vida, tantas alegrías que me esperan (entre ellos ojalá una nieta hermosa), tantas tristezas que me aguardan y tantas cervezas y rones, para en una noche mágica seguir disfrutando la suerte de vivir, mandando a la puta de su madre a los demonios que nos persiguen después de la medianoche

Gonzalo, Pedro, Christian y Gonzalo abuelo.

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